Publicado el

Desertar. La lesbiana, la amante, la guerrillera

(Extracto del estudio preliminar incluido en El Cuerpo Lesbiano, Hekht, 2021)

Por Natalia Ortiz Maldonado

Destruir las categorías de sexo en política como en filosofía,

destruir el género en el lenguaje (o al menos modificar su uso),

es una parte de mi trabajo como escritora.

Monique Wittig, El pensamiento heterocentrado.

Wittig ve en la heterosexualidad un complejo biopolítico, epistémico, libidinal y económico, donde se producen cuerpos y afectos sobre las narrativas de la diferencia sexual. Un cuerpo heterosexual es una territorialización de órganos y funciones según las pautas sexogenéricas instituidas, donde el pene, la vagina, los senos y el ano performan cierta economía libidinal y son performados por ella. Estos puntos organizan la erótica del codex heterosexual, donde a cada zona y gesto se le asignan funciones, así como también les corresponde un régimen de visibilidad y modos de afectación, con sus respectivas excepciones, sanciones, disciplinamientos y silencios.

El codexhétero recrea la escena masculinista por excelencia: el cazador y la presa. El cazador, dominante, no puede confundirse con su presa, mujer o naturaleza, como tampoco pueden confundirse las armas de su perpetración ni las narrativas de su conquista. Se trata del héroe antiguo, del guerrero medieval, del ciudadano moderno o el empresario contemporáneo y sus eternas batallas contra lo otro de sí mismo. En definitiva, lo que subyace en la escena masculinista y aquello de lo cual los dispositivos no pueden prescindir, es la necesidad de distinguir (de producir la distinción) entre lo pasivo y lo activo, entre dominantes y dominadxs, entre quien posee y quien es poseídx.

Wittig sostiene que en el escenario heterocentrado ser mujer es estar disponible, es vivir en estado de disponibilidad sexual y reproductiva, expuesta al poder y el deseo de otros, una esclavitud con sus modos de lo actuable y lo deseable.[1] Desde una perspectiva materialista como la wittiguiana, ser mujer es ser el resultado de un extenso proceso de socialización que expropia el poder de sí sobre sí y lo pone a disposición de otros. El cuerpo de una mujer no responde a ninguna naturaleza sino a los engranajes de subjetivación que lo colocan dentro de una relación social con la masculinidad dominante, un emplazamiento de subordinación libidinal, económica y epistémica.

Se oye la invitación a desertar. El llamamiento no se limita al abandono de alguna práctica o algún ritual, no se trata de suplantar un hashtag por otro, sino que es una invitación radiante para abandonar el lugar asignado en la red sociotécnica que consolida el poder-saber de la masculinidad. Y decir masculinidad no equivale a decir este o aquel hombre, porque masculinidad es el nombre del polo dominante del poder, que puede ser ocupado inclusive por no-varones-cis-héteros siempre y cuando reproduzcan la red de efectos que cada dispositivo incentiva, regula o esteriliza: “El matriarcado no es menos heterosexual que el patriarcado, solo cambia el sexo del opresor”.[2] Visionaria de los feminismos que hoy consideran al género junto a la clase y la raza, Wittig distingue entre la “clase de las mujeres” como grupo transversal de las clases tradicionales marxistas, de “la mujer” como mito biodisciplinante que es imprescindible destruir, el ángel del hogar.

Cuando se abandona el emplazamiento-mujer, cuando se rechaza el régimen de la disponibilidad al deseo y el poder de otros sobre sí, aparece la multitud de guerrilleras, amantes, lesbianas. Subjetivaciones parciales, desertantes, hojaldradas, que en lugar de referirse al par hombre/mujer como único tropo sociopolítico, remiten a los modos de vida que se adquieren para desertar y en la deserción de los dispositivos. La deserción es múltiple y acontecimental, no hay un único modo de realizarla ni se produce nunca del todo. En Guerrilleras, por ejemplo, no aparecen “las” guerrilleras (más que en el título) sino una tromba de cazadoras, arquitectas, nadadoras, horticultoras, portadoras de fábulas, nómades, sedentarias, amazonas, perezosas, mensajeras, las que duermen en los bosques, las que habitan las ciudades, las que aman los feminarios y las que desean quemarlos.

La deserción es un desplazamiento político y lingüístico, pero también epistémico, psíquico y afectivo. Movimiento desde un territorio conocido a otro desconocido, desplazamiento, reptación o saltos, hacia “un lugar donde hablar y pensar son, en el mejor de los casos, tentativos, inciertos, no-autorizados”.[3] Como otros nomadismos, como otras deserciones, no se trata de una opción tomada según el modo neoliberal que calcula los costos y beneficios de cada acción: quienes desertan lo hacen porque ya no pueden seguir viviendo allí desde donde parten.

Movimiento doloroso y arriesgado, constante ir y venir, señala Teresa De Lauretis, tránsito donde se redefinen las fronteras entre cuerpos y discursos, identidades excéntricas y comunidades. La deserción no es un viaje hacia el desierto, sino hacia la recreación de un común afectivo, político y semiótico en tensión con otros. La comunidad de quienes no tienen comunidad, abierta y porosa. Una lesbiana, dicen Wittig y Zeig, es aquella “que no vive en el desierto, que no está perdida”.[4]

La voz wittiguiana rechaza tanto al feminismo liberal como al marxismo clásico, y quizá en esa incomodidad teórica y vital (tan definitivamente cuir) se encuentre la clave de los silenciamientos que rodearon su trabajo, especialmente en el caso de muchas de sus contemporáneas. De Lauretis sistematiza las críticas que recibió en aquellos años, desde aquellas que revalorizaban los rasgos de género femeninos como naturales (nutrición, compasión, cuidado), hasta quienes sostenían que cualquier mujer que se considerase lesbiana tenía derecho a ser reconocida como tal más allá de sus prácticas sexuales, así como también las objeciones de quienes sostenían exactamente lo contrario.

Las críticas no lograron ver, señala De Lauretis, que Wittig no alude a unx individux con una preferencia sexual individual, pero tampoco a un colectivo homogéneo con una prioridad política. Ilegible para su época, Wittig escribe alrededor de un proceso múltiple: “sujetx de una práctica cognitiva y de una forma de conciencia que no son originarias, universales o coextensivas con el pensamiento humano sino que se encuentran históricamente determinadas y asumidas subjetivamente (…) una subjetivación excéntrica instituida en un proceso de lucha e interpretación; de traducción, de-traducción y re-traducción (…) una reescritura del yo en relación con una nueva comprensión de la sociedad, la historia, la cultura”.[5]

Si Wittig es una de las precursoras de la teoría cuir es porque las subjetividades en deserción son inapropiables, monstruosas. Profundamente no naturales, si la naturaleza es un lugar al que ir, salvar o dominar, si se trata de alguna invariante, esencia o texto que las ciencias pudieran leer. Profundamente políticas, porque el modo de vida en deserción impugna las codificaciones binarias, cualquiera sea su rostro o disfraz. La voz wittiguiana, rebosante de mutaciones y desplazamientos, fue y es intolerable para los hábitos tradicionales del pensamiento filosófico. Quizá sea ese desborde categorial irredento, lo que hizo a Paul Preciado dedicarle a Wittig su ensayo para una erótica desobediente, el Manifiesto contrasexual,[6] mientras que Judith Butler encuentra problemático el modo en que Wittig rechaza toda alteridad esencial o lingüística, toda diferencia (différence) a nivel del pensamiento.[7] Efectivamente, leemos: “la sociedad heterosexual está fundada en la necesidad de otro/diferente en todos sus niveles (…) ¿qué es el otro/diferente sino lo dominado?”.[8] Wittig habilita una epistemología intersticial, portadora de un deseo no fálico ni edípico, sin asimetrías naturales, sin faltas originarias, donde no se admite ningún lenguaje que no ajuste las deudas con sus propios efectos de verdad.


Extracto del estudio preliminar incluido en El Cuerpo Lesbiano.

[1] Monique Wittig, “No se nace mujer”, El pensamiento heterocentrado y otros ensayos, Bocavulvaria, Córdoba, 2017, pp. 25-39.

[2] Monique Wittig, “No se nace mujer”, Op. Cit., p.27

[3] Teresa de Lauretis, Cuando las lesbianas no éramos mujeres, Bocavulvaria, traducción de gaby herczeg, Córdoba, 2001, p. 8.

[4] Monique Wittig y Sande Zeig, borrador para un diccionario de las amantes, Sudakuir, Buenos Aires, 2018.

[5] Teresa De Lauretis, op. cit., p. 10.

[6] Paul B. Preciado, Manifiesto contrasexual, Anagrama, Barcelona, 2020.

[7] Judith Butler, El género en disputa, Paidós, Barcelona, 2007.

[8]  Monique Wittig, “El pensamiento heterocentrado”, op. cit., p. 50.